via elblogdeabustina:
«Hace muchos días tengo esta historia atragantada en mis dedos y en mi mente, sin poder (en términos de Jean Paul Sartre) darle alivio a mi náusea y vomitar estas palabras.
Voy a contarles una historia.
Hace cinco años un pibe llamado Brian Peralta perdió la vida. Brian tenía tan sólo 14 años y sería simple decir que murió por un accidente en el colegio. Sería muy simple decir que murió tras recibir una pedrada en la cabeza por accidente; porque dos compañeritos estaban jugando a tirarse piedras y sin querer uno la arrojó con el triste destino que resolvió impactar en su cabeza.
Pero no. Brian no murió por eso. O al menos, no debería haber muerto por esa razón.
Esta escena tuvo lugar en el patio del colegio a las dos y media de la tarde. Casi tres horas más tarde los directivos del establecimiento deciden avisarle a su padre, Félix Peralta, que estaba yendo a trabajar.
Como era de imaginar, el Servicio de Emergencias (privado, con el cual el colegio tenía convenio) tardó en llegar al colegio como si la distancia fuese mucho mayor que unas 10 cuadras. Mientras tanto, un Brian asustado pero perfectamente consciente apoyaba su cabeza contra una mesa.
Félix entró a la clínica conversando con su hijo. Pasaban los minutos y los médicos no sabían que hacer. O no querían hacer nada. Por fin deciden que Brian debía hacerse una tomografía pero el inconveniente era que esa clínica no contaba con un tomógrafo por lo cual deciden trasladarlo hacia otro centro médico de la ciudad.
El reloj sigue marcando. Brian se siente cada vez peor. Pero en el centro médico una secretaria impide que la camilla pase. Es que Félix no tiene $180 para la tomografía y una secretaria nerviosa, sigue las órdenes de su jefe. Nadie le cree, por más que jura conseguir el dinero.
El tiempo sigue pasando. El pibe sigue agonizando.
Algún buen tipo le presta el dinero al papá. Entonces la secretaria procede. La tomografía se realiza. Pero tarde, Brian necesita ser internado con urgencia. Se dirigen hacia otra clínica, nerviosos y angustiados, reciben otra vez un “NO” como respuesta.
Vuelven al lugar de inicio. Vuelven a reclamar lo que los médicos deberían haber hecho desde un principio: derivarlo a la ciudad de Córdoba. Pero, como nada es tan simple cuando uno no tiene plata, otra vez reciben un no, otra vez una negación. Félix no tiene $600 para pagar el traslado. Los médicos se rehúsan a llevarlo, con el pretexto de que no consiguen habitación en ninguna clínica.
Dos mujeres consiguen el dinero. Las horas son amenazantes. Como por arte de magia aparece una habitación en una clínica cordobesa. Debe ser que el dinero y los médicos se llevan bien. Quizás fue suerte, lerda, pero suerte al fin.
A las 20:00 hs. llegan Brian y su padre a la clínica de la capital cordobesa. Alrededor de seis horas después del accidente.
Tras los estudios, un médico resignado le dice la más cruel de las noticias a un padre tan desesperado como cansado: “Hay un 5% de posibilidades de que Brian sobreviva a la operación”. Como cualquier padre hubiera hecho, Félix sostiene que la operación se lleve a cabo de todos modos.
Momentos después, Brian muere.
Yo escuché este relato en voz de Félix, en comunicación telefónica con un programa de televisión local, y quebré en llanto. Pero, al mismo tiempo y por alguna razón que desconozco, ese llanto me dio las fuerzas de saber que había que hacer algo.
No, no somos parientes. Ni amigos. De hecho, ni siquiera éramos conocidos.
Junto a mis viejos, un par de amigos y mi profesora de Historia de aquel momento decidimos ponernos en marcha. Lo primero fue consultarlo con la familia, que estuvieron de acuerdo. Coincidimos en llevar a cabo una movilización pacífica por el centro de la ciudad.
La movilización contó con 350 personas. Compañeritos, vecinos, familiares, o simplemente vecinos que se iban sumando.
Si hoy me preguntan si sirvió de algo, respondo que no lo sé. Desgraciadamente casos como éste siguen sucediendo en mi ciudad.
Hace unos días, me acordaba de Brian. Es que para mí, Pascua siempre va a significar recordarlos. Sentí la necesidad de visitarlos. De ir a ver cómo estaban. Me recibieron conmovidos. Conversamos un rato largo. Félix me contó que judicialmente todo va lerdo, como era de suponerse. Es que la Justicia marcha a paso de tortuga cuando se trata de víctimas sin poder, y victimarios poderosos. Me contó también, de otra mala experiencia en uno de los centros médicos de este lugar. Le diagnosticaron un tumor cerebral a su mujer. Afortunadamente, ésta vez no se quedaron con una sola ‘campana’ y decidieron verificar los estudios en la gran ciudad. Ella, obviamente, no tenía nada parecido a eso. Es más, no tenía (ni tiene) nada.
No me gusta el lugar de víctima. Pero me parece interesante contarles que cuando decidimos movilizarnos hace cinco años atrás recibimos varios insultos. También algún dueño enojado intentó chocarme con su camioneta mientras realizábamos la movilización, pero eso no importa.
Lo que más me costaba era enfrentar la pregunta ¿pero vos por qué lo hacés? ¿son parientes, amigos, o algo? No.
Somos personas, somos seres humanos. Vecinos, ciudadanos.
Nos falta mucho aún, muchas cosas por cambiar. Me cuesta convivir sabiendo, o sintiendo, que la vida tiene precio. Duele irse a dormir con la certeza de que no todos somos iguales a la hora de una emergencia. Ni todos somos iguales para la Justicia.
Esta historia marcó mi vida para siempre. Pero yo no importo. Acá importa Brian, siempre va a importar. Aún cuando a muchos no les importó. Si hubiera podido devolverle su hijo a Félix en ese eterno abrazo de hace cinco años atrás, sería una mina un poquito más feliz.
Está en nosotros cambiar las cosas. Ser mejores profesionales. No necesitamos ser médicos, ni abogados, para mejorar la vida del resto. Necesitamos ser mejores personas.
Ojalá se haga justicia algún día. Por éste y por cada persona cuyo derecho más importante no le sea respetado por $180 o más, o menos.
Ojalá en nuestra ciudad, que supera los 20 mil habitantes, nos sea digno un hospital público de mayor tamaño y capacidad.
Qué el dolor no nos sea indiferente.
[“Sean capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Esa es la cualidad más linda de un revolucionario.” -Che.]»